24-10. 1 Santander- Murcia. Santander-Vega de Pas

Empezamos desde Santader

Empieza el viaje, y como siempre con prisas, sin haber preparado todo. Da lo mismo los primeros días se irá “acoplando” el equipaje, cada cosa encontrará su sitio. Es un ritual, los últimos días parezco atacado con prisas, a pesar de tener todo organizado lo tengo que revisar. Retiro lo que no me ha servido en otras rutas, introduzco novedades. Esto de la bici hace que tengas que llevar lo imprescindible, y esta palabra es peligrosa ¿qué lo es? ¿De qué podemos prescindir? Es una continua reflexión contigo mismo….casi la pregunta de lo que me llevaría a una isla desierta. Además de la ropa, en ésta la de invierno va a ser fundamental y va ensanchar las alforjas (plumas, chaqueta, saco de dormir, ropa de lluvia…), está todo el material de reparaciones, de incidencias….que basta ahora prácticamente no he utilizado, y los chismes electrónicos…cables, cargadores, baterías, cámaras: llevo una goopro, una réflex y un objetivo, además de este iPad, su teclado (ahora, en la tienda, ya oscuro estoy escribiendo con él),unos cascos, que nunca he utilizado (pedaleo en silencio), el paisaje es lo suficientemente estimulante que no necesito nada más. 

La dinámica de la preparación es la misma, ocupo una de las camas de mi hijas ausente, en esta ocasión la de la mayor, desparramo de manera sistemática todo lo que pretendo llevar, con los días el volumen mengua, la indecisión aumenta. 


Hemos empezado en Santander, no podía ser de otra manera. Juan Carlos tiene casa en Comillas, el sábado anterior dormimos en su casa. Santander es grande, es una ciudad acogedora, susurrante, nada estridente que anima las primeras pedaladas, siempre indecisas y llenas de temores. 


Los domingos por la mañana animan a las gestas, a las salidas de grandes expediciones, al adiós de los héroes. Los primeros clientes de los cafés cuando despliegan los periódicos esperan noticias de naves surcando la bahía, descubriendo pasos entre océanos, historias de naufragios. Solo se aceptan historias épicas, de blasones y sinfonías románticas. Quizás por eso los primeros momentos fueron más indecisos, la ciudad se nos echó encima y sentí nuestra pequeñez, somos dos señores desgreñados pedaleando. Se te confunde con el pavimento, te haces suelo, asfalto, baldosa….sientes que serpenteas en la indiferencia…..


En la salida y entrada de las ciudades siempre son caóticas, de cruces indecisos, señales ambiguas, polígonos sucios y arruinados. Desde Santander a Astillero no fue así, el día era soleado y las montañas al fondo aparecían difuminadas por la bruma, la ría no nos dejaba alejarnos de la bahía. Fue un “día de la bicicleta”, entre familias y señores uniformados de likra lo que nos alejó del mar y nos llevó a los prados brillantes bordeados de robles. Cientos de niños acompañados y uniformados con sus padres recorrían Astillero, nos dejamos llevar por el entusiasmo y el griterío. Nuestras alforjas y cachivaches contrastaban con su livianidad, parecía que flotaban.  ¿Cuánto de lo que llevábamos necesitábamos? Los niños son maestros de lo simple. 

“La vía verde del Pas” nos llevaría hacía las montañas, el otoño ya estaba presente, las arboledas amarilleaban, el sonido de las hojas bajo las ruedas marcaban el ritmo, no debía ser rápido, había que sentirlas crujir. El cielo fue nublándose y las laderas  desaparecieron bajo una llovizna que nos acompañaba. 

Las tardes de lluvia casan mal con la tienda, decidimos buscar posada. 50€ por pareja fue un argumento. Llovía, llovía. 

El inconveniente la cama de matrimonio extra larga, lo resolvimos separando los somieres.













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